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viernes, 2 de octubre de 2015

Por Daniela Saidman: El Chino nos convoca a ser mejores


Por Daniela Saidman: El Chino nos convoca a ser mejores

Enviado por Barometro Internacional el jueves, 01 octubre, 2015 a las 1:28


** La obra poética de este escritor trujillano da testimonio de la coherencia ideológica y vital de un hombre que supo del compromiso y la entrega con lo más libre y justo que habita a los hombres.
 Aún debe andar preguntándose cómo camina una mujer después de haber hecho el amor. Y con esa interrogante amanecemos de bala, como él, pero también de nubes y de sueños. Víctor Valera Mora, el Chino, nació en Trujillo el 25 de septiembre de 1935. De su infancia se sabe poco. Pero no es difícil imaginarlo contemplando el cielo y volando papagayos, corriendo libre a través del verdor, conmoviéndose con el color y el tacto de las flores, tal vez de allí le vienen el sentir de las gentes y sus llantos, sus risas y esperanzas.
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Estudió el bachillerato en San Juan de los Morros, en el estado Guárico, y cuentan que precisamente en esos años empezó a delinear sus versos mientras leía poesía de los llanos venezolanos, escuchaba galerones y conocía poetas allende el mar.
En Caracas estudió sociología en la Universidad Central de Venezuela. Trabajó en la Universidad de Los Andes, en el antiguo Conac y en la biblioteca ambulante de los Ovalles,  conocida como La gran papelería del mundo.
De la poesía que sabe decirnos
Fue miembro del Partido Comunista cuando aún no cumplía veinte años y por rebelde fue encarcelado a finales de 1957, durante las manifestaciones contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Durante esos años el Chino fue un desenfrenado lector. En los años siguientes Venezuela vivió tiempos turbulentos, signados por la violencia ejercida desde el Estado. Levantamientos militares e insurrecciones estudiantiles y políticas, marcadas en la memoria por el Carupanazo y el Porteñazo.
La poesía del Chino siempre llevó en sus alforjas el sabor y el canto del Pueblo, por eso supo hacer nacer los versos que cantando y diciendo nos encuentran.
Acompañado de los escritores Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Pepe Barroeta y Caupolicán Ovalles, entre otros, Valera Mora fue miembro destacado de la Pandilla de Lautréamont, un grupo que proclamaba la necesidad de la poesía para todos.
En 1961 publicó La canción del soldado justo, un trabajo poético que enarboló las esperanzas y sueños revolucionarios de esa década. Luego, vinieron Amanecí de bala (1971) y Con un pie en el estribo (1972). Precisamente por su segundo libro fue catalogado de subversivo por un general de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM). El Chino no esperó la condena, ni la desaparición forzosa. Partió rumbo a Roma gracias a una beca. En la capital italiana escribió sus 70 poemas estalinistas, el último de sus libros publicado en vida, que le valió un premio en 1980.
El Chino Valera falleció el 30 de abril de 1984. Dicen que fue un mediodía acostado en su cama cuando le falló el corazón. Lo enterraron un 1 de mayo, como celebrando un oficio que con versos supo edificar la vida. Luego de su muerte fue editado el libro Del ridículo arte de componer poesía, donde se recoge su producción poética entre 1979 y 1984.
El Chino en versos
Probablemente no haya un poeta tan coherente entre sus versos y pensares. Vivió con la plenitud de los quijotes, sabiendo cómo se conquista el viento. El Chino fue de la generación de los 60, de esa que encontró al país entre los que se animaron a conquistar el cielo y los que se doblegaron. Él siempre supo estar del lado de la orilla en la que viven los que sueñan el mundo y se juegan la vida y como él, también la palabra.
Todo en su poesía tiene de amor, de tacto, de lucha y entrega. Aunque quisieron silenciarlo sus versos siguen incendiando la calma, son llama viva que ilumina el futuro que aún está por venir.
Earle Herrera, ese otro poeta y periodista, dice en el prólogo de la edición de Obras completas de Víctor Valera Mora, publicado por el Fondo Editorial Fundarte, en tercera edición en 2012, que “no hay artificio, no hay postura, no hay acomodo a una época o a una moda. El lector sabe y siente que lo que escribe el poeta, le sale de adentro, de lo más hondo”. Y esa hondura de la palabra del Chino Valera Mora, esa hechura humana capaz de trascender el papel, esa poética del compromiso que también sabe reír, es la que nos convoca siempre a ser mejores.
Tiempo de perros
VII
Por Víctor Valera Mora
Os doy mi voz erguida
mi sangre de regreso hacia tu edad primera.
Juventud siempre antigua, recomenzada toda,
agonía, irreductible fusil de barricada.
El tiempo pide corazones enarbolados.
¡Uníos! ¡Uníos, fuertes picapedreros!
Implacable tormenta de puños
y metálicas lunas sea la marcha,
porque esta tierra es un río de rodillas,
hay que levantarlo.
Y yo, os aseguro,
la muerte de los lobos será de madrugada”.
(Del libro Canción del Soldado Justo. 1961)

Nuestro oficio (fragmento)
Por Víctor Valera Mora
Podemos caer abatidos
por las balas más crueles
y siempre tenemos sucesor:
el niño que estremece las hambres consteladas
agitando feroz su primer verso.
O el otro, el de la disyuntiva,
que no sabe si hacerse flechero de nubes
o escudero del viento.
Jamás la canción tuvo punto final.
Siempre deja una brecha, una rendija,
algo así, como un hilito que sale,
donde el poema venidero pueda
ir halando, ir halando, ir halando,
halando hasta el mañana.
Nosotros los poetas del pueblo,
cantamos por mil años y más...”.
(Del poemario Canción del soldado justo. 1961)
dsaidman@gmail.com

lunes, 16 de febrero de 2015

Por Daniela Saidman: Carlos Noguera se fue a volar en la noche y sus cristales de estrellas


Por Daniela Saidman: Carlos Noguera se fue a volar en la noche y sus cristales de estrellas

Enviado por Barometro Internacional el lunes, 16 febrero, 2015 a las 23:45

Escritor, sicólogo y docente este hombre que supo contar grandes historias donde el ser humano, sus relaciones, pasiones y sueños fueron protagonistas se adentró ya para siempre en la larga calle de una noche que lleva desde ahora su nombre.

 En 2005 Carlos Noguera (Tinaquillo, estado Cojedes, 1943) publicó la novela Cristales de la noche. La editó Alfaguara y lamentablemente no la tenemos en la actualidad a disposición en Venezuela, aunque fue finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2007. Él mismo contó en una entrevista publicada en marzo de 2014 en Todosadentro, que es precisamente el libro que quisiera que se agotara en la Filven (Feria Internacional del Libro de Venezuela), justamente el que no está. Hasta ahora no fue reeditada (la novela), porque haciendo gala de su personalidad de quijote amorosísimo fue incapaz de hacerla llegar a una editorial del Estado cumpliendo él funciones en Monte Ávila Editores como presidente de una de las editoriales más importantes del país. Y es que hay hombres así. Pocos tal vez, pero son los que alumbran el futuro con su vocación de ángeles terrestres.
 Carlos_Noguera_se_fue_a_volar_en_la_noche_y_sus_cristales_de_estrellas.jpg
Con su boina y su barba clara Carlos Noguera decidió despedirse de las calles de Caracas, de los viejos cafés de Sabana Grande que en su juventud fueron propicios para el verso primero y el cuento después. Y es que la muerte, esa señora antojada vino a buscar a este narrador el 03 de febrero de 2015.Claro que quedan sus obras y fundamentalmente dan testimonio de su andar por el mundo los jóvenes escritores del país que pasaron durante treinta años por sus talleres de expresión literaria y eso no es poca cosa, la entrega de este escritor comprometido con su tiempo deja las palabras que ahora escriben quienes se animaron a abrir las ventanas del sueño para hacer realidad todo lo que aún está por decirse.

Por su obra fue galardonado en dos oportunidades con el Premio Nacional de Literatura, en 1969 y en 2003. Además fue merecedor del Premio Conac de Narrativa en 1994. Noguera se decidió por la literatura bien pronto, a lo mejor en el cuartito de los santos de su casa de infancia en donde estaba la biblioteca, con alguna vela se le hizo el milagro de la palabra. 

Desde joven supo que sería escritor. Empezó de niño con versos sencillos que después, ya en la Universidad Central de Venezuela estudiando sicología y en medio de la vorágine política que vivía Venezuela desde de la década del sesenta, cambió por la narrativa y es que para él los versos eran para las cosas íntimas, mientras que la prosa servía mejor para dejar de manifiesto el mundo que era necesario cambiar. 

En su juventud trabajó en diversas revistas literarias y tiempo después se dedicó a ser editor, así fue que llegó precisamente a Monte Ávila Editores, donde atendió no sólo a los jóvenes escritores que tocaron la puerta de la editorial sino a quienes año tras año se postularon para participar en los talleres literarios. Por eso apostó a una nueva narrativa venezolana en la que las voces irrumpieran el escenario para inundarlo todo de una luz recién descubierta con la que mirar las palabras. 

Y sí, quedan de Noguera sus libros, Laberintos (1965), Eros y palas (1967), Historias de la calle Lincoln (1971), Inventando los días (1979), El adolescente caraqueño (1989), Juegos bajo la luna (1994), Dos libros (1995), La flor escrita (2003), Los cristales de la noche (2005) y Crónica de los fuegos celestes (2010). Queda su palabra, la ternura con la que acogió a los jóvenes y su vocación de renovar el mundo, queda su ejemplo, su voz de cuenco, su imagen de bohemia caraqueña andando las calles, sus ojos descubriendo páginas, sus manos haciendo libros, queda él, cómo no va a quedarse si aún hay tanto para decir en presente.

Carlos Noguera, querido traductor del viento, que la calle del para siempre te sea amable. Cuidaremos tu obra y beberemos de ella. ¡Amén!” dijo en su cuenta de la red social Twitter, el poeta Freddy Ñáñez cuando supo del adiós de este grande de la literatura venezolana. Hacemos votos porque así sea y los Cristales de la noche estén presentes en la próxima Filven para agotar en su memoria la palabra que desde ahora nos pertenece para siempre. 
Ilustración de Iván Lira para Todos Adentro
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Por Marialcira Matute
Monte Ávila Editores Latinoamericana, su gestión de años frente a nuestra gran editorial del Estado hasta que la vida le dio permiso para estar allí. Los merecidos reconocimientos por su obra minuciosamente escrita, cuidada, admirable. Las conversaciones sobre sus libros con mi esposo Isidoro, ávido lector de su obra entera. Su Premio Nacional de Literatura. Ese andar de su “flor escrita” como finalista del Rómulo Gallegos. Sus charlas eruditas, su hablar pausado, su amor por el Quijote, su conocimiento y su curiosidad sobre ese y sobre tantos temas; el compartir espacios con Carlos en nuestros “Vacílate al Quijote” aquellos viernes en el CELARG. Su afán permanente de auspiciar el diálogo entre personas de pensar distinto. Su paciencia. Cuando compartimos como jurados del Premio Nacional de Cultura. Recuerdos. Las entrevistas en radio y TV para La Librería Mediática sobre los más diversos asuntos. Carlos en las FILVEN. Su interés en descubrir y divulgar nuevos valores literarios en Venezuela. Su generosidad al compartir sus conocimientos. Su sempiterna boina. Cada uno de nosotros guarda entrañables memorias de Carlos Noguera. Releer sus libros, divulgar su obra de la que se sentía y nos sentimos orgullosos todos los venezolanos es sentido homenaje a su entrega total a nuestras letras.
 dsaidman@gmail.com