1. Resulta casi
imposible, abordar con algún rigor y cierta certeza, la descripción de
fenómenos oníricos y su interpretación, sin la imprescindible y persistente
alusión a los fundados criterios del psicoanalista y médico de almas, doctor,
Carl Gustav Jung, Éste, sin agotar el conocimiento sabido sobre la psique,[1] y de modo particular, sobre el
inconsciente, construyó, de modo excepcionalmente extenso y profundo,
monumentales conocimientos asociados con el misterio del alma, como fondo y
centro de una totalidad a la cual están adheridos, por invisibles hilos, una
innúmera y compleja vertiente de contenidos relacionados con ella.
2. La gigantesca obra de Jung es asombrosa. Lo es por la originalidad de sus
propuestas y descubrimientos; por la diversidad de los temas abarcados; por su
genio para relacionar y descifrar con profundidad temas herméticos y por la
minuciosidad con la cual escarba lo ocultó y a veces lo indescifrable en cada
ser humano y en cada cultura, para poder ofrecer una imagen verosímil y
convincente de la geografía espiritual del hombre. Conocedor de las
potencialidades del inconsciente, supo convertirlo en cofrade de su talento
para el orfebre desarrollo de su creación.
4 Del ser
y de la imagen familiar de Carl Gustav Jung se conoce su llegada al mundo en
Suiza, un 26 de julio de 1875. Sus inquietudes y su inteligencia son
comprensibles dentro del ambiente de contrastes, religioso e intelectual,
dentro del cual se van gestando sus intereses intelectivos. Nace dentro un
hogar de religión protestante, cuya herencia le sirvió para interrogarse,
críticamente, con las más importantes preguntas del hombre acerca del ser, la
razón humana y el origen del mundo. Los dilemas religiosos y racionalistas de
su padre, aludidos en Recuerdos Sueños y Pensamientos[2], junto con sus propias
reflexiones, acerca de la idea de Dios, influyeron en su interés por el estudio
de las religiones, de las cuales fue, a la vez, uno de sus más reflexivos y
acérrimos críticos, sin hostilidad hacia ellas. Alguna impronta deja en su
vida, la ascendencia de seis sacerdotes por la vía materna. También su padre lo
era y dos hermanos de éste. Influencia religiosa y conversaciones teológicas en
la mesa, en puntos irrazonables, le empalagaban. Le resultaba necesario
conciliar su fe y su descubrimiento infantil sobre los misteriosos designios de
Dios, con las razones teológicas carentes de fundamento lógico. Le resultaba
imprescindible conciliar su fe y su saber con la razón. Descreía, tanto de los
dogmas de la religión como de los conocimientos psiquiátricos infundados.
5. De su madre
Emile Preiswerk (1848- 1923), Jung deja entrever difíciles escollos de su
fuerte carácter, con los cuales hubo de contender su padre. No era, se puede
presumir, mujer dócil ni despistada. Jung reconoce en ella la posesión de un
carácter disociador, por cuyo ejemplo, pudo haber gestado el niño Carl, la
capacidad para alternar posiciones, desde las cuales separar y escudriñar
distintas perspectivas de la realidad.
6. El niño Jung,
crece en el seno de su familia, en la cual es el hijo mayor, al cual le sigue
una hembra, de quien le distancian nueve años y dentro de los cuales es
diferenciado por introvertido y solitario, como rasgo distintivo de su
personalidad primigenia.
7. El joven Jung
quiso estudiar arqueología, pero ante las limitaciones económicas para
trasladarse hacia otra ciudad, decide cursar estudios de medicina en la
Universidad de Basilea, en la cual su abuelo paterno Carl Gustav Jung
(1794-1864) había sido médico y organizador de la facultad de medicina y luego
rector. Dentro de su árbol genealógico, por la rama materna le
preceden cuatro médicos. En el año 1900, antes de finalizar sus estudios de
grado, ingresa a la clínica Burghölzli, hospital psiquiátrico en el cual se
desempeña como asistente y en donde comienza a interesarse por la psiquiatría,
especialidad con precario desarrollo, cuyo estado y con cuyo esfuerzo,
contribuye a revertir junto con Sigmund Freud, con quien establece amistad
luego de la publicación de sus primeros estudios clínicos. Al final de ese año
egresa como médico.
8. La obra de Carl Gustav Jung, en sus variadas vertientes, revela el deseo y
la necesidad del autor, de fijar un horizonte superior y trascendente, más allá
del conocimiento de la psique. Esa aspiración es visible a través de su interés
por el estudio de los fenómenos paranormales. Le antecedía a ella su
inconformidad con la explicación sobre los dogmas religiosos y su reparo por la
coherencia de las conjeturas y elucidaciones sobre los misterios. Ésta es, al
parecer, la más elevada y congruente finalidad, omnipresente en su extensa
obra. Por consecuencia, no se puede desconsiderar, en el reconocimiento de sus
indagaciones, aquella finalidad implícita y unificadora de todos sus
saberes. No fue un óbice, para su ejercicio de la ciencia, la carga
religiosa, irremediablemente heredada ni el racionalismo ni su sacralidad ante
los misterios ni la horma del método científico. Reconocía su legitimidad
racionalista dentro de los paradigmas predominantes y acreditados desde la
academia, para la búsqueda de la verdad. Supo utilizarlo, en armonía con el
método fenomenológico,[3]no sin críticas hacia la castradora o
limitadora parquedad cientificista. Tuvo además la inteligencia para ubicarse
en un difícil e incomprensible punto medio, alucinado y expectante.
9. En la figura espiritual de Jung se conjugan el médico perspicaz, un hombre
culto y risueño, el científico innovador, el investigador social y la figura de
un arqueólogo del espíritu, cuyas substancias etéreas, objetos de sus estudios,
divinas unas y demoníacas otras, hacen difícil la comprensión de su obra. La
utilización del método fenomenológico pareciera conducirle hacia la descripción
y la sugerencia con escasa síntesis de conceptos. De allí pareciera resultar
cierta dificultad, por sus lectores reconocidas, para la formación y
comprensión de nociones inequívocas.
1 Interpretar muchos los textos de Jung, implica la posibilidad de desdecirlo
en sus intenciones comunicativas. Si bien la materia discursiva de la
Psicología Analítica está influida por la interpretación de los símbolos
contenidos en los mitos y con las limitaciones impuestas al lenguaje
científico, también lo está por los tabúes colectivos. En parte la sabemos
condicionada por la interpretación de una materia arcana, difícil, integrada
por símbolos pertenecientes a mundos en donde la imagen es el centro de un
proceso mimético, cuyas lógicas están permeadas por la afectividad,, ceñida de
modo irremediable por la subjetividad. De modo notorio, asimismo, resultado y
consecuencia de una tradición delimitadora del lenguaje. En el caso de Jung,
por lo general, es observable el reiterado despliegue de argumentaciones
cerradas, dentro de estrictos límites formales y muchas veces deliberadamente
sugerentes,[4]por razones académicas o éticas. Su
lenguaje está cargado de afirmaciones fronterizas con el punto de cero del
lenguaje, conforme se entiende la ambigüedad o el contenido insinuante del
texto y el subtexto en la literatura artística. Sus afirmaciones se proyectan
en delimitados márgenes de compresión con intensiones taxativas, lo cual
pudiere permitir la negación de lo inexplicado. A veces pareciera comprensible,
cuando se describen explicaciones de los estados subjetivos, por si mismos
fronterizos, y por de pronto confundibles en la delimitación de los estados
anímicos, cuando por no fuere por la finitud del lenguaje, sus limitaciones, o
la carencia de una palabra precisa en la lengua materna. En cualquier caso,
también estaba consciente de la finitud del lenguaje. Consideraba que ninguno era tan
perfecto como para sustituir a la vida.[5]
Desde sus años como asistente y
luego durante sus estudios de doctorado, Jung ejercita nuevas prácticas
experimentales como medió para conocer los motivos ocultos de algunas
psicopatías. Convencido, junto con Freud, de la inseguridad de la hipnosis y de
la efectividad de los sueños como medio para acceder al conocimiento de
aspectos oscuros de la psique, desarrolla la prueba de asociación de palabras,
con la cual logra notorios éxitos y reconocimiento por la comunidad científica
de la entonces reciente ciencia de la psicología. Desde sus primeras
experiencias como psiquiatra, Jung, reconoce la inutilidad de un solo método
para inducir la sanación de sus pacientes. Considera a cada individuo como un
caso único, por cuya búsqueda y conciencia de su problema, habrá de sobrevenir
una solución terapéutica, surgida de la conciencia del afectado por la propia o
singular naturaleza de sus males. Su punto de partida es considerar a cada
paciente una persona normal y un individuo con una naturaleza y una vida única.
Esperaba de los psiquiatras, la capacidad y la sensibilidad para reconocer, -al
margen de métodos y conceptos- el origen real de perturbación del paciente.
Exigió disposición del médico para reconocerse, en esa interrelación, como
parte de una ecuación humana singular en la cual el médico requiere comprender
al paciente y comprenderse, así mismo, “comprender su alma y tomarse en
serio.” Consideraba que la terapia comienza con el propio médico, quien
debería conocer sus propios problemas y como tratarse para estar en condiciones
de ayudar. No basta -dice- “con que el médico en los análisis teóricos
adopte un sistema de conceptos.” Exige del terapeuta, conocer cómo
reacciona ante el paciente. Esforzarse por comprender sus propios sueños y cómo
ve su propio inconsciente la situación.[6]
1 En el año 1902 concluye su doctorado con la tesis
“Acerca de la psicología y la psicopatología de los fenómenos ocultos”. Habría
sido éste un tema y una práctica de su interés, realizada en años previos a su
ingreso a la universidad. Durante este mismo año viaja a París para estudiar y
conocer aspectos peculiares de los descubrimientos de Pierre Janet[7] sobre los fenómenos de la disociación de la
conciencia. Al año siguiente se casa con Eva Rauschenbach con quien procrea
cinco hijos. En 1904 publica su test de asociación de palabras, método con el
cual desarrolla preludios de su concepción acerca los Complejos Afectivos
Autónomos, los cuales son definidos por su autor, como fragmentos de la psique
con capacidad u autonomía para funcionar sin la dirección de la conciencia. Estos
serían los responsables de expresiones, acciones u omisiones involuntarias del
individuo, por su capacidad disociativa y por sus repercusiones en la vida
corriente de las personas, como luego ahondaremos, constituye uno de los
aportes fundamentales de su obra para el conocimiento de los diversos factores
influyentes en la conducta humana. Este mismo aporte sirvió para explicar,
desde la visión clínica, el antiguo y conocido fenómeno de la posesión,
entendido popularmente como un fenómeno de naturaleza esotérica. A la
publicación de su test de asociación de palabras, le sigue a este aporte, la
publicación de Psicología de la Demencia Precoz (1907) y El Contenido de la
Psicosis (1908), cuya primera edición concibió Sigmund Freud. Sus incipientes
investigaciones le permiten un rápido reconocimiento de la comunidad médica y
académica. En 1906 había comenzado su relación epistolar con Sigmund
Freud, de cuya concepción, el “psicoanálisis,” se hace partidario hasta 1913,
cuando finaliza su amistad y su relación epistolar, por desagrado y decisión de
Freud, consecuencia de su diferentes apreciaciones en torno a la importancia de
la libido, y con ella, de la sexualidad, como fuente sustantiva o única,
conforme al autor austriaco, de todos los sueños y como eje primordial de todos
los conflictos subyacentes en el inconsciente[8].
13. A partir de sus hallazgos clínicos y sus conferencias
se convierte en asiduo conferencista en diversas universidades, desde y más
allá de Europa. Hasta el año 1909 se desempeña como médico en la clínica
Burghölzli y hasta 1913 como profesor suplente en la Universidad de Zúrich.
Durante estos mismos años lleva registros diarios de sueños y visiones, con los
cuales se introduce, en el mundo simbólico del inconsciente. Reúne información,
de éste ejercicio, sin mucho comprender. Le asaltan las dudas; una de las
circunstancias por la cual justifica su apartamiento de la docencia. En
principio se repliega dentro de sus reflexiones en las cuales vislumbraba la
trascendencia científica de percepciones. Sabía que era algo grande lo
que a mí me sucedía.[9] No obstante, intuía que, si no
lograba demostrar la veracidad de sus experiencias, como fenómenos también
colectivos, estaría condenado al aislamiento. Durante ese proceso dibuja
mándalas, tras cuyas grafías entrevé y descubre, a través de sí, la integridad
de la personalidad, en un constante proceso de formación y transformación. Mis
dibujos eran criptogramas del estado de mi individualidad, que diariamente me
eran cursados.[10] Corresponden
a esta época sus primeras investigaciones sobre los mitos y sus símbolos.
Investiga y prepara artículos clínicos. Escribe, reelabora y publica contenidos
parciales en revistas especializadas, esencialmente de universidades de países
europeos. Estos escritos se van convirtiendo en libros de una obra inacabada en
constante revisión. Viaja por diversos países recabando información
antropológica en pueblos africanos, americanos y de la India. Participa en
seminarios. preside congresos, escribe en revistas periódicas y asociaciones
internacionales psicoanalíticas. El año 1904, como hemos señalado, constituye
el hito del comienzo de una obra, cuyo término coincide con su muerte en 1961.
De aspectos específicos de sus temas nos ocuparemos en otros ensayos, tal el
estudio general de la energía y los complejos autónomos, como medio para la
comprensión de su obra y por condición imprescindible, para lograr una mayor
aproximación al conocimiento de los misterios de la energía humana en su
relación con las energías cósmicas en general.

